Cuando lo conocí, supe que ya no estaba sola. Una corazonada, quizá presuntuosa de que ya no sufriría más malas citas, de estúpidos ególatras o de ese mal pensamiento de "no hay nadie para mi", "estaré sola siempre", "yo tengo mucho qué dar, ¿por qué no hay nadie por ahí para mi?". El deseo incesante de querer que en una cita te vaya bien, queriendo que de verdad alguien, para variar, no te desilusione o te parta el corazón. Y luego, luego todo se acaba. Conoces a alguien que vale la pena y que de una manera extraña no encuentras nada para modificarle o para mejorar. Nada. Ni siquiera un pelo. Te sorprendes porque piensas que te estás auto-saboteando y que es tanta tu desesperación de no estar sola que comienzas a ver perfecto a alguien. Y luego, luego descubres que no te estás saboteando. Que estás enamorada hasta el tuétano y que darías tu vida incluso por él. Te descubres vulnerable y te declaras débil. Tan débil como puede ser un niño pequeño. Vulnerable y a la expectativa. Y ahí es donde vuelvo a tocar el punto. Estoy a la expectativa. Ya vi todo lo que quería ver, ya no necesito más tiempo de prueba o de "disfrutar". Quiero saltar al siguiente nivel. Quiero preocuparme por qué cocinar, quiero ahorrar para alguien, quiero construir una vida juntos. No veo por qué esperar más. Y luego nada, de nuevo sola. Y la más triste de las soledades: sentirte sola, cuando en realidad estoy acompañada. Sola en planes, sola en equipo.

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